Por Leider Duran
Como venezolano, declaró sin rodeos ni concesiones que apoyo toda alternativa real, firme y legítima que conduzca al fin del régimen que ha devastado a Venezuela. No es una opinión ligera ni una consigna emocional: es la postura de un pueblo que ha sobrevivido a la destrucción sistemática de su país y que se niega a aceptar la normalización de la tragedia.
Lo que ocurre en Venezuela no es una “crisis política” más, ni un conflicto ideológico interno. Es una emergencia humanitaria prolongada, documentada por organismos internacionales, que ha provocado el desplazamiento forzado de millones de personas, el colapso de servicios esenciales y la erosión total del Estado de derecho. La destrucción no fue accidental: fue consecuencia directa de un modelo de poder que sustituyó instituciones por lealtades, leyes por propaganda y derechos por control.
Durante años, el régimen se ha sostenido mediante la represión, la censura, el miedo y la impunidad. Ha criminalizado la disidencia, ha silenciado a la prensa independiente y ha utilizado el hambre y la necesidad como instrumentos de dominación social. Ningún país debería aceptar esto como una “realidad cultural” o un “asunto interno”. Cuando un Estado viola de forma sistemática los derechos fundamentales de su población, deja de ser un asunto doméstico y se convierte en un problema de conciencia internacional.
Por eso, celebrar cualquier acción que apunte al debilitamiento de ese sistema de poder, a la rendición de cuentas o al fin de la impunidad no es extremismo ni odio. Es una respuesta legítima frente a años de abuso. Es la voz de quienes fueron obligados a abandonar su tierra, de quienes vieron morir hospitales, escuelas y oportunidades, de quienes aprendieron que el silencio no protege, sino que perpetúa.
Resulta profundamente ofensivo que sectores externos —cómodos, distantes y ajenos al sufrimiento real— intenten imponer un falso equilibrio moral, pidiendo moderación a las víctimas y comprensión hacia los victimarios. No hay neutralidad posible frente a la opresión. No se puede pedir diálogo eterno mientras un país se desangra. No se puede exigir paciencia a quien ha perdido generaciones enteras.
Venezuela no necesita discursos condescendientes ni análisis tibios. Necesita verdad, presión internacional coherente y una comprensión clara de que la estabilidad no puede construirse sobre la negación de la justicia. La migración venezolana, una de las mayores del mundo, no es una estadística: es la prueba viva del fracaso moral y político de un régimen que expulsó a su propia gente.
El pueblo venezolano no está pidiendo privilegios. Está exigiendo lo básico: libertad, instituciones funcionales, elecciones auténticas, justicia independiente y la posibilidad de reconstruir su futuro sin miedo. Esa exigencia no es radical; es universal. Es la misma que ha movido a las sociedades que hoy gozan de democracia y derechos.
La esperanza venezolana no se negocia en mesas cerradas ni se diluye en comunicados diplomáticos vacíos. La esperanza se defiende. Se alza. Se sostiene con memoria, con dignidad y con la certeza de que ningún régimen es eterno.
Venezuela merece algo mejor que sobrevivir.
Merece volver a vivir.
Leider Duran



